domingo, 13 de noviembre de 2016

DEMIAN



Demian es con claridad, lo que en la historia de la literatura se denomina un Bildungsroman, una novela de formación, y ello porque su cometido es la narrada evolución espiritual de un adolescente recorriendo y atravesando los difíciles años de su crecimiento. El colegial Sinclair es engatusado por el mal compañero, Franz Kromer, vagabundo y fanfarrón que actúa como un hombre experimentado: escupe al suelo y se hace obedecer. Sinclair, atraído por Kromer, engaña a sus padres, roba y cae por el tobogán del pecado, pero entonces, aparece Demian, otro compañero de clase que se expresa de forma distinta, una mirada entre fría y misteriosa, intemporal que parece salir de un pasado atemporal. Sinclair se siente atraído hacia Demian, tras una lección sobre Caín. Demian sostiene que Caín pertenece a una raza más fuerte y son los débiles quienes han creado una negra leyenda. Demian libera a Sinclair de la influencia nefasta de Kromer, le dice: "Kromer está viciado, hay que deshacerse de él", y desde entonces, algo ha ocurrido misteriosamente entre Sinclair y Demian, Kromer desaparece.

La novela aborda también cuestiones que atañen a la religión. El Dios de los cristianos es considerado como poderosísimo, "pero tendría que haber un dios que comprendiese dentro de sí al Diablo y ante el que no habría por qué cerrar los ojos cuando se hacen las cosas más naturales del mundo".

La novela está escrita en primera persona y el "yo" narrador es el del protagonista, Emil Sinclair, que se detiene en los pormenores del relato de su propia juventud. La cuestión de la polaridad, a la que ya hicimos referencia, se hará presente desde el comienzo. Así, Sinclair, aun siendo meramente un niño, afirmará haber vivido como en dos mundos separados. Con opuestas visiones de la vida que dilaceraban su alma. Por un lado estaba el mundo luminoso y claro del bien, y por el otro sentía vivir la oscuridad y el mal. Su anhelada pretensión era la de marchar de continuo cumpliendo con una vida ejemplar, signada por las ejemplares y transparentes imágenes de sus padres, pero no podía dejar de sentir el agitamiento -dentro de sí- de inclinaciones que lo apartaban de ese cosmos empujándolo a lo que, tal vez exageradamente, sentía como "perdición". Esa atracción hacia lo tenebroso, tal vez haya sido responsable de su acercamiento, hacia los diez años, a un muchacho llamado Kromer. Un jovenzuelo, más o menos como él en términos cronológicos, malvado, prepotente y algo "sádico" que busca someterlo bajo su voluntad. Sinclair se ve obligado a tener que soportar repetidos y atroces episodios de violencia moral y atropellos.

Por otro lado, Sinclair siente un amor platónico hacia su amada Beatrice, que le "salva" de sus instintos. En la universidad, Sinclair conoce al organista Pistorius, que habla como un epígono de Jung y le indica el papel del inconsciente individual y colectivo. Así mismo, conoce a la madre de Demian, Frau Eva, quien le enseña sus retratos de joven. Sinclair cree ver en Eva a la mujer a la que habría querido amar, "rostro amado, hombre, madre, amante, amigo".

De naturaleza blanda y tímida el protagonista da a entender que su alma se hubiese corrompido para siempre si no hubiese llegado, aportado por la mano del destino, el más que inteligente, profundo y enigmático Demian, un compañero de escuela, que con su fuerza interior, su madurez, su firme apostura que lo hace aparecer como joven mayor, lo libera de inmediato del nefasto influjo de Kromer. El perverso y prepotente sometedor, tomará buena cuenta de la personalidad de hierro de Demian, y no habrá de molestarlo a Sinclair nunca más. Y es a partir de ese momento, en que sellada esta amistad con el amigo juvenil pero maduro a la vez, Sinclair inicia el camino del descubrimiento de un costado nuevo y algo misterioso de la vida, sobrecargado de nuevos símbolos, fascinante y terrible al mismo tiempo. Poco a poco, Emil se irá adentrando en el alma, en la vida, en la familia (sobre todo en la mágica figura de la madre, Eva, su ideal femenino en visiones y en la realidad).

Se declara la guerra, Sinclair es herido y en la camilla de al lado cree reconocer a Demian, que le dice: "Cuando necesites de mí, como en el caso de Kromer, no me llames, escúchate a ti mismo y notarás que estoy contigo". Sinclair despierta y tiene a su lado a un desconocido.

La novela refiere y utiliza conceptos del Gnosticismo, particularmente el demiurgo (entidad que, sin ser creadora, es impulsora del universo imprimiéndole movimiento) Abraxas, mientras muestra la influencia del sistema de psicoanálisis de Carl Jung. Ingresado en una clínica de Sonnmatt, Hesse fue psicoanalizado por un discípulo de Jung.

En su primera edición, Hermann Hesse utilizó el seudónimo de "Emil Sinclair", nombre del narrador y protagonista de la historia, pero Hesse reveló luego ser el autor.

sábado, 24 de septiembre de 2016

VIRGINIA WOOLF: HORAS EN UNA BIBLIOTECA


Hay momentos históricos que marcan un época; ahora, tras el Brexit, vivimos uno. El período que medió entre 1910 y1925 fue otro. Virginia Woolf (nacida Adeline Virginia Stephen, 1882-1941), mujer inteligente, educada por sí misma y asistida por los sabios consejos de su padre, el intelectual Leslie Stephen, no pudo ir a la universidad de Oxford por estar cerrada entonces a las mujeres.

Virginia Woolf
Se vivían momentos extraordinarios, la primera guerra mundial, la cruenta batalla del Somme, de 1916, donde hubo un millón de víctimas. Woolf redacta, por esas fechas, el texto crítico que da título a esta colección de ensayos, Horas en una biblioteca, publicado inicialmente en el Times Literary Supplement (30-11-1916), donde pide carta franca para quien denominaba en el título del primer tomo de sus ensayos reunidos, “El lector común”.


La sociedad inglesa se trasformaba a gran velocidad. Los hombres sin propiedades, los que habían sido enviados a morir en los campos de batalla franceses por los propietarios, y las mujeres obtendrían el derecho al voto. El hombre común podría votar y elegir a sus representantes. Se rompían las amarras del antiguo orden. Y ella entendió que era la hora del lector corriente. Estableció en Horas en una biblioteca la diferencia entre quienes leen para aprender y los que lo hacen porque aman la lectura. Es a este último “al que preferiríamos dirigir nuestra atención. Y es que el lector verdadero es esencialmente joven. Es un hombre de intensa curiosidad, de ideas, abierto de miras, comunicativo, para el cual la lectura tiene más las propiedades de un ejercicio brioso al aire libre que las del estudio en un lugar resguardado. Camina por las calzadas reales, asciende más alto, cada vez más alto, por los montes, hasta que el aire es tan exiguo que se hace difícil respirar. Para él, la lectura no es una dedicación sedentaria” (pág. 12).

Su escritorio 
Virginia Woolf defendía un modo de leer que permite dejarse llevar por el goce producido por el texto, el derecho a sentir el latido de la conciencia de su época, fuera de los condicionamientos y saberes enseñados por la tradición en escuelas y universidades, convertidos en los valores rutinarios defendidos por el crítico profesional. Esta postura respecto a la lectura se produjo en consonancia con el cambio en la narrativa europea, del que ella (con su inolvidable La señora Dalloway, de 1925) y James Joyce fueron protagonistas.

Las novelas se contaban a través de la conciencia del narrador y de los personajes, una forma de ficción que relegaría a la novela realista al armario de la historia. La voz llena de autoridad que presentaba el mundo de acuerdo con los valores de la sociedad burguesa, como los mencionados propietarios, cedía su lugar a la conciencia de una persona, del ciudadano, del personaje. Los cientos de ensayos conservados de Virginia Woolf son, en principio, el fruto de las reuniones semanales mantenidas en su casa de Bloomsbury con intelectuales londinenses, como Lytton Strachey, E. M Forster, y otros. Las conversaciones versaban sobre libros, textos clásicos o actuales, dirigidas a comentar la lectura de los mismos y la relación que las novelas o volúmenes de cuentos tratados, que luego reseñaba, mantenían con lo que era nuevo en la forma de narrar, de organizar el argumento.

la pluma con la que escribió sus novelas
Sus ensayos sobre autores que admiraba van siempre dirigidos a calibrar ese aspecto, lo que ofrecían de distinto, de corte innovador de la realidad, que permitiera apreciarlos desde un ángulo diferente. Y era así porque, como dice su biógrafa Hermione Lee, Woolf intelectualmente era una mezcla de victoriana -la base de la educación familiar- y de modernista. Los ensayos aquí recogidos resultan todos de primer orden. Tocan temas que Woolf abordó reiteradamente, como puede ser el estatus de la ficción o la obra de sus autores favoritos, como Jane Austen, Joseph Conrad o Dostoievski, entre otros.

Es importante entender que la relación con ellos va cambiando. En los primeros ensayos dedicados a Austen, la trataba con admiración, pero sin mayor aprecio. Con el paso de los años, y según iba contrastando sus maneras de novelar, se preguntaba por qué su compatriota no dio un paso adelante y escribió con mayor originalidad. Un poco como lo que tantos se han preguntado erróneamente de Galdós. Woolf terminará defendiendo a Austen en “Jane Austen y los cisnes”, entendiendo que sus novelas presentaban como pocas la grandeza de las cosas familiares que nos rodean en la vida cotidiana. Y pedirá a los críticos que lean sus libros en vez de comentarlos.

el dormitorio de la escritora
Igual pasa con Dostoievski, y los novelistas rusos en general, en “Dostoievski en Cranford”, donde Woolf explica la dificultad de adaptar a los rusos a su visión del mundo, de visualizarlos en el panorama literario inglés, pues son demasiado diferentes en ideas y parecen poseer una naturaleza distinta. En el ensayo sobre Conrad, novelista al que abordó en diversos textos -el presente de 1924, por su muerte-, insiste en lo que siempre dijo: se trata de un gran escritor, sus personajes están imperfectamente diseñados, pero sin embargo, es un precursor del modernismo que ella y James Joyce encarnaban en la narrativa universal. Un juicio muy acertado.

El lector español encontrará en esta selección de textos perlas como “Yo soy Christina Rossetti” (1930), dedicado a la poetisa inglesa, menos conocida que su hermano, el pintor Dante Gabriel Rosetti. Texto delicioso, donde se burla de aspectos de la biografía de la misma, que conocía bien porque en ese momento se acababa de publicar un libro sobre su vida. Habla de sus amoríos, siempre frustrados por las creencias religiosas. Y viene a decir que, aunque nunca fue tan conocida como Elizabeth Barret Browing, sus poemas tocan las emociones del lector con la fuerza de una gran autora. O “El arte de la biografía”, una de las cimas de su ensayística. Su amigo Lytton Strachey fue, sin duda, el mejor biógrafo de su tiempo, en su trabajo sobre la reina Victoria, que lleva a Woolf a situar a la biografía entre las artes literarias, pues aunque debe basarse en hechos, su lectura y los recuerdos que deja llevarán a nuestra mente a entender y profundizar mejor en otros textos.

Se cierra esta colección con el ensayo-relato “La muerte de la polilla”, donde se narran de manera simbólica los esfuerzos de una polilla por sobrevivir. Quizás debamos leerlo a contraluz de la vida de Virginia Woolf, que sufrió de inestabilidad mental, contrariedades, pero supo luchar, defendiendo el feminismo, la capacidad de sentir grandes amores, por su marido, Leonard, por su amante Vita Sackville-West, pero cayendo al fin víctima de su enfermedad.


Por Germán Guillón, Periódico digital El Mundo, España

domingo, 11 de septiembre de 2016

LA CASA DEL MONO SUCIO



La narración de historias es un rasgo peculiarmente humano, común a todos los pueblos, épocas y lugares. Surgió como el método original de transmitir conocimiento de una generación a la siguiente y continúa siendo uno de los procedimientos más genuinos para comunicar información, emoción y empatía. Cuando se utiliza con maestría, una audiencia experimentará y recordará los eventos de la historia de una forma personal: pasará a formar parte de ella, será transportada a su universo narrativo. Se trata de un fenómeno psicológico sólo presente a través del relato de historias, arte que afortunadamente todavía hoy se practica en la literatura. 

Jorge Luis Narváez, un gestor cultural dinámico, artista medieval como él se denomina, escritor talentoso hoy nos presenta su nueva obra titulada: La casa del mono sucio, libro que puede leerse desde infinitos prismas. Quien escribe lo disfruta desde el lenguaje y lo enfoca como vivencias que marca la pauta de una labor de la memoria que se vuelve más brillante porque la voz del narrador está muy presente  privilegiando la observación de su entorno. Por eso Jorge Luis Narváez  es un cronista único porque descifra  desde diversas aristas sus puntos de vista que  definen una época que puede identificarse con la nuestra, por su preocupación por comprender al género humano, la obra es un  pasaporte sellado de vivencias  del destino con una prosa rápida e inteligente.

Leer La Casa del Mono Tuerto, libro donde se condensa 12 cuentos,   es disfrutar de la inmortalidad de la creación literaria, porque en cada página vamos viviendo, viajando en la imaginación, sintetizando la esencia narrativa del autor. Es un decálogo de las verdades vividas en una época que muchos lo han identificado por una generación hundida en el pesimismo, el desconcierto,  pero desde mi punto de vista ha sido un período que aprendió hablar consigo mismo, que ha puesto ruedas al pueblo para que sea el actor de su propias esperanzas e ilusiones.

Hay que destacar su estilo narrativo donde desarrolla el concepto de banalidad al rechazar la escritura artística y seguir los parámetros de claridad y pragmatismo. Y en La casa del Mono Tuerto  nos define su intención para con la prosa de la siguiente manera: "El drama literario siempre es el mismo; es mucho más difícil describir que opinar.
 
Otro aspecto a destacarse es su decorado, donde al escenario le da una gran importancia con referencias del ambiente donde la atmósfera desarrolla las historias narradas e  inunda la atención del lector.

También es preciso definir su atrevimiento y el desgarro que significa este libro, donde los dogmas y tabúes van siendo paulatinamente invadidos por la trasgresión del lenguaje que se ha ido imponiendo como una nueva estética y moral en la práctica literaria contemporánea. Otro ingrediente a destacar es que posee la habilidad de conectar inmediatamente con la audiencia.

En definitiva, las grandes obras narrativas alcanzan los tres objetivos de toda presentación: conectar con la audiencia, mantener su interés y fomentar el recuerdo y esta obra tiene estos tres fundamentos. Les invito a leer y disfrutar de su contenido.

Víctor Manuel Guzmán Villena
Ibarra- Ecuador, 26 de agosto del 2016


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